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Casi alcanzar todo (Barely Missing Everything)

Translated by Juan Tovar

Now available in Spanish!

“There are moments when a story shakes you...Barely Missing Everything is one of those stories, and Mendez, a gifted storyteller with a distinct voice, is sure to bring a quake to the literary landscape.” —Jason Reynolds, New York Times bestselling author of Long Way Down

In the tradition of Jason Reynolds and Matt de la Peña, this heartbreaking, no-holds-barred debut novel told from three points of view explores how difficult it is to make it in life when you—your life, brown lives—don’t matter.

Juan tiene grandes planes.

Va a ser el muchacho de El Paso que salió adelante, va a conseguir esa beca de basquetbol para ir a la universidad y va hacer algo de su vida… algo mejor que la sarta de novios nefastos de Fabi, su mamá. Sólo necesita hacerlo realidad.

El mejor amigo de Juan, JD, también tiene planes.

Algún día va a ser cineasta, como Tarantino o Del Toro (no Spielberg). Tiene una cámara y tiene pasión. ¿Qué más se necesita?

Fabi ya no tiene planes.

Cuando te embarazas a los dieciséis, descubres que los planes no siempre salen y que hay algunas cosas que no puedes anticipar…

Como un altercado con la policía. Como la implosión de tu familia. Como un pasado que regresa a perseguirte. Como el temor de que tú, tu hijo y todos los que amas no van a alcanzar todo…no van a alcanzar nada.

Capítulo Uno: Chapter Juan CHAPTER JUAN (CAPÍTULO UNO)
Juan Ramos estaba muerto. Su juego tieso y torpe desde el salto inicial. Era enero, la temporada ya iba a más de la mitad, y cada juego había sido parte de un desfile de vergüenzas. El aire dentro del gimnasio se sentía denso y agrio, el sistema de ventilación se había fregado desde antes del salto y hacía que cada respiro fuera como tragarse un huevo cocido. Juan estaba parado a un extremo del equipo reunido en torno al coach Paul, que los sermoneaba por no jugar con la cabeza. El base de las Panteras de Austin estaba encorvado tratando de recuperar el aliento. Había sumido al equipo en un hoyo después de sólo cinco minutos, entregando el balón dos veces seguidas y haciendo 0 de 5 en la cancha.

—Ramos, a la banca —gritó el coach Paul, poniéndole jeta desde el centro del grupo—. No estás mostrando nada de corazón en la cancha.

—Me da igual —dijo Juan al tomar un lugar en la banca.

El corazón nunca iba a ser lo importante. El juego se había ido por el excusado desde el momento en que la mamá de Juan, Fabi, y su novio, Rubén, entraron paseando al gimnasio cuando estaban practicando tiros, los tacones de Fabi resonando por todo el Centro Atlético Panteras—el CAP—y dentro de la cabeza de Juan, haciendo que su atención rebotara de las tareas defensivas y coordinar el ataque a preguntarse por qué su ma había venido a este juego en primer lugar, cosa que nunca hacía.

Vestida con un par de jeans entallados y una camiseta demasiado ajustada de las Panteras de Austin, las muñecas llenas de pulseras, su mamá señaló un par de lugares vacíos detrás de la banca de las Panteras, con uñas largas, rojas y brillantes. Fabi tenía la atención de todos los hombres del CAP, como quería, y cuando se sentó, los hombres embobados pasaron de verla a ella a medir a Rubén, preguntándose colectivamente cómo le había hecho un pendejazo como ese para ligarse a una mujer como ella. Era más bajito que Fabi por no pocos centímetros y traía puesto un sombrero vaquero que hacía que su cabeza se viera enana. Sus jeans tenían planchada una raya en medio y traía su camiseta de las Panteras de Austin sobre una camisa de vestir de manga larga. Por supuesto, Juan no tenía que preguntarse nada. Rubén sólo parecía un idiota. Era dueño de EZ Motors, un lote de coches usados que ganaba fortunas vendiéndoles coches jodidos a los soldados de Fort Bliss y a gente con historiales crediticios aún más jodidos que los coches. Era un depredador y desafortunadamente Fabi tenía “presa fácil” escrito por todos lados.

Las Panteras también fueron presa fácil. Lo único que tenían a su favor era a Juan, el mejor jugador del peor equipo de la 4A Región 1, Distrito 1. Y con él sentado en la banca, no tenían posibilidades de ganar. Juan iba en su último año de escuela, pero el año había empezado sin recibir cartas de los reclutadores de las universidades—aunque había jugado en la Selección Distrital las últimas dos temporadas—dejándolo con la duda de exactamente qué iba a hacer después de graduarse, si es que lo lograba. Sus calificaciones estaban para la basura y el Sr. Rosales, su consejero académico, le había dicho antes de empezar el semestre que lo mejor sería que optara por una carrera técnica y que ya no se preocupara por el básquetbol y la universidad.

Con Juan en la banca, Derek Evans subía y bajaba disparado por toda la cancha, el base de los Tigres de la EPHS ampliando la ventaja con dos posesiones rápidas. El marcador: 20-0. Juan había cometido el error de jugar demasiado agresivamente contra Evans. En la defensa había tratado de robar, pegándole a Evans en los brazos y ganándose una falta barata. En el ataque Juan se quedó muy aislado, ignorando a compañeros de equipo que estaban libres y haciendo tiros espantosos. Evans también iba en último año; un alero con velocidad y visión en la cancha que había llamado la atención de los reclutadores. El coach Paul le dijo a Juan antes del juego que Evans estaba llegando a su mejor desempeño en el momento preciso. Que el momento preciso era lo más importante. El momento preciso y no ser un mexicano de un metro setenta y tres.

Las Panteras finalmente entraron al marcador después de casi diez minutos; Eddie Durán, el alero de onceavo grado, anotó un triple en relevo de Juan. El coach Paul caminó hasta la punta de la banca y se sentó junto a Juan. Juan trataba de ver el juego pero no podía concentrarse. Ahora habían abierto las puertas de atrás del gimnasio pero la brisa fría solo empeoraba las cosas. Oler su propio sudor en su camiseta y uniforme húmedos le provocó náuseas. El coach Paul le dio una palmada en la espalda y murmuró:

—¿Me dices cuando estés listo para dejar de portarte como una diva malcriada y jugar un poco de pelota? Es todo lo que pido.

Caminó de vuelta a la otra punta de la banca, alzando la voz para que quien quisiera oírlo, pudiera:

—Tú nomás levanta el pulgar o algo, Juanito. Como si tuvieras orgullo.

La falta de orgullo no era el problema de Juan. Todo el tiempo que había pasado dedicado a su juego, los entrenamientos de dribleo y pases, de correr vueltas al estadio y hacer sprints cortos y carreras suicidas, las horas perfeccionando su tiro, su forma y seguimiento, las incontables sesiones de levantamiento de pesas y lagartijas y hasta yoga, todo eso lo había hecho por orgullo. Quedaba poco más de un mes en la temporada y mientras estaba ahí sentado, la clase exacta de problema que Juan enfrentaba se le iba aclarando. Sus calificaciones del semestre pasado eran tan malas como las estadísticas de esta noche así que era posible que tuviera que repetir algunas clases llegado el verano —o peor aún, que de plano no se pudiera graduar—. ¿Y qué clase de trabajo iba a poder conseguir si acaso lograba graduarse? ¿La Patrulla Fronteriza contrataría a un mexicano que había logrado reprobar Español? ¿Que era pésimo en matemáticas y ciencias naturales y también en inglés? Esperaba que no, aunque pagaran como $52.000 dólares al año, de entrada. Y a la chingada trabajar para esos culeros de Inmigración.

Ignorando al coach Paul, Juan se dirigió a la mesa del tanteador; podía oír a Fabi animándolo a sus espaldas:

—Tú puedes, m’hijo. Enséñale a ese pendejo entrenador de qué estás hecho.

Juan sentía que la panza se le llenaba de aire, dolores agudos que le punzaban los costados. Era el mismo sentimiento que le daba antes de los juegos cuando iba en décimo grado, justo antes de guacarear en un bote de basura. En ese entonces Juan se ponía nervioso de jugar en un equipo organizado, le preocupaba que su estilo agresivo de las canchas callejeras no lograra traducirse. El coach Paul siempre estaba en su oído, diciéndole que tenía que entender el juego, aprender cuándo ser agresivo y cuándo frenar motores. Manejar el juego y no apostarlo todo en cada jugada, pero las Panteras no tenían suficiente juego como para manejarlo. Queriendo ganar, Juan se arriesgaba, se lanzaba sobre cada balón suelto, intentaba cada pase apretado y se la jugaba en cada tiro defendido, esperando que el balón botara hacia él.

Juan se hincó junto a la mesa del tanteador. El coach Paul cabeceó hacia él y levantó tres dedos para recordarle a Juan que jugara con la cabeza y no cometiera otra falta antes de la mitad; el juego no era imposible de remontar, iban 25-12. Juan entendió y entró después de que Derek Evans recibió una falta de Eddie Durán y se preparaba para hacer los tiros libres. Juan entró trotando hasta el centro de la cancha mientras Eddie se dirigía a la banca. Fabi saltó de su asiento agitando los brazos.

—¡Vamos, Juan! ¡Dales duro a esos Tigres!

A primera vista podía parecer una estudiante, su camiseta de las Panteras anudada ligeramente sobre la cintura, dejando más que un poco de piel expuesta. El hombre sentado junto a Fabi clavó la mirada en su pecho, sin importarle que Rubén lo estuviera mirando fijamente ni que ahora Juan estuviera vomitando, encorvado y con arcadas, mientras todos los demás lo miraban con gruñidos de asco y luego con risas cuando salió corriendo del gimnasio.

Para la segunda mitad el CAP estaba casi vacío. Solo quedaban algunos padres de familia aburridos, platicando e ignorando el juego. Los Tigres estaban destruyendo a las Panteras 64-33, la peor derrota en puntos para las Panteras ese año. Hasta ese momento la temporada había sido sobre todo de derrotas, su única victoria jugando de visitantes, en un juego de torneo en Lubbock, Texas, contra un equipo de gringos al que le faltaba la mitad de la alineación. A la mayoría de los titulares les había dado diarrea antes del salto inicial, un caso de autosabotaje en el que una mayonesa echada a perder había llegado hasta sus sándwiches antes del juego. Juan había anotado veinticinco puntos tan solo en la primera mitad, pasando una y otra vez al descoordinado base suplente sin que nadie defendiera el aro. El público predominantemente blanco se volvió hostil, coreando: “¡Construyan el muro! ¡Construyan el muro!”, antes del medio tiempo. El coach Paul sacó a Juan a la mitad de la segunda mitad cuando se dio cuenta de que lo abucheaban cada vez que tocaba el balón. A Juan no le importó: acababa de jugar el mejor partido de su vida, con tiros a diez metros que azotaban el fondo de la red, y dominando en la defensa, anticipando los patrones de dribleo y saqueando al delantero rival, lanzándola hacia el otro lado de la cancha para un tiro tras otro.

Después del juego les zarandearon el autobús. Aparecieron siluetas detrás del gimnasio que lanzaron piedras contra los costados amarillos del vehículo, los golpes huecos resonando dentro, las ventanas despostillándose y agrietándose sobre el entintado. El equipo se agazapó entre los asientos del autobús que huyó rápidamente. Todos se quedaron en silencio cuando el coach Paul les dijo que no se quedarían al resto del torneo, Juan estaba atónito de que ganar pudiera sentirse tanto peor que perder.

Ahora Juan se quedó en el vestidor mientras las Panteras volvían a la cancha para la segunda mitad, diciéndole al coach Paul que seguía enfermo aunque ya se sentía bien, después de haber vomitado hasta las tripas—solo un poco… avergonzado—. Fabi le había estado mandando mensajes de texto preguntándole si estaba bien, si la necesitaba, pero Juan los ignoró. La única razón por la que Juan finalmente volvió a la banca fue para que Fabi no entrara a buscarlo a los vestidores. El coach Paul cabeceó complacido cuando Juan tomó su lugar, aún vestido para jugar pero sin intenciones de hacerlo. La ventilación del CAP finalmente había empezado a funcionar y ya se podía respirar. El coach Paul probablemente pensaba que Juan estaba mostrando orgullo, soportando su enfermedad para apoyar al equipo. Fabi se había ido al otro lado de la cancha, estaba platicando con padres de familia del equipo rival, y lo saludó agitando la mano hasta que finalmente él devolvió el saludo.

Al ver a su ma, que hasta allá se veía como una sempiterna adolescente, Juan empezó a preguntarse cómo habría sido la vida para ella cuando iba a la escuela. Fabi también había ido a Austin, al menos hasta que se embarazó de él en décimo grado y se tuvo que salir. Él se imaginaba que ella habría sido popular, pero no lo sabía a ciencia cierta. Ella no tenía mejores amigas, al menos no que él supiera. Era lista, había aprobado el examen de equivalencia del bachillerato sin tomar clases, o quizá no tan lista, porque seguía trabajando en el mismo bar que había sido su primer trabajo cuando tenía diecisiete años. Él siempre había asumido que su padre iba a la escuela con ella—deseaba que Fabi hubiera sido el tipo de persona que guardaba los anuarios—. No colgaba fotografías en las paredes del departamento ni tenía álbumes ni tenía fotos en su teléfono aparte de la cascada de selfis tomadas frente al espejo del baño. Tantas veces Juan había deseado sostener un anuario en sus manos, hojear las páginas brillosas y quizá toparse con una cara conocida. La suya.

Pero siempre que él sacaba a colación el tema de su padre ella se ponía escurridiza. Cuando era chico le decía que él no necesitaba papá, que eran ellos dos contra el mundo. A él le encantaba esa idea, pero a medida que fue creciendo, y descubrió que su mundo a menudo incluía a novios fortuitos, se empezó a preguntar quién podría ser su jefe. Por qué estos otros tipos estaban en su vida y su papá no. Pero Fabi siempre evadía sus preguntas con respuestas mañosas. Es muy complicado, m’hijo Te digo cuando seas grande Cuando puedas entender. Juan no entendía por qué ella querría ocultarle esto, como si saber un nombre fuera a cambiar el hecho de que él no estaba. De todas formas nunca la presionaba demasiado, al ver cómo entraba en pánico cada vez que le preguntaba —siempre cambiaba de tema y alzaba la voz porque empezaba a hablar muy rápido, pasando de español a inglés—. Ahora ya casi nunca le preguntaba.

Un silbatazo fuerte regresó la atención de Juan al juego. Después de pasarse toda la primera mitad dominando, los Tigres se veían aburridos, aunque seguían dictando el juego, haciendo bloqueos por toda la cancha, despreocupadamente encontrando al alero abierto que llegaba paseando hasta el aro y anotaba fácilmente. Juan se alegró de no tener que volver a entrar —por lo menos tenía la oportunidad de ver jugar a JD, su mejor amigo desde el kínder—.

JD Sánchez no jugaba a menudo. No era el peor jugador del equipo; considerando lo malos que eran, habría podido tomar el lugar de cualquier titular excepto Juan, y las Panteras hubieran perdido por la misma diferencia. La razón por la que JD no jugaba era su actitud. No era el jugador malo pero entusiasta que el coach Paul quería o necesitaba que fuera, el tipo con menos talento pero con mucho corazón. El tipo que animaba a los demás. En vez de eso, JD criticaba abiertamente las jugadas del coach, rebautizando su ofensiva como “bloqueo y desorganización”, y rehusándose a cortarse el pelo cuando el coach sugirió que todos lo hicieran por la unidad del equipo, argumentando que sus bucles eran libertad de expresión. Una vez le dijo al coach Paul que la única razón por la que se había inscrito en el equipo era para desquitar los impuestos que pagaban sus padres, pues estaba seguro de que no los estaban destinando a la biblioteca —como si fuera muy seguido—. Juan sabía que lo que JD decía eran puras mamadas. Venía a practicar todos los días y se pasaba casi tanto tiempo dedicado a su juego como Juan. JD amaba el básquetbol, aunque odiara la presión de estar en un equipo.

Pero hoy era el mejor juego de JD en toda la temporada. Según la cuenta de Juan, JD anotó diez puntos y ganó cinco rebotes, moviéndose con una seguridad que Juan no reconocía. El habitual camuflaje de rebelde de JD no funcionaba en la cancha. No había ninguna cantidad de insultos que pudieras decir que sustituyeran una defensa fuerte, no te podías esconder detrás del pelo largo cuando te daba miedo hacer un tiro con la pelota. Algo lo había cambiado últimamente, JD estaba jugando más suelto que de costumbre, y jugando mejor como consecuencia. Juan se preguntó si JD le contaría lo que estaba pasando o seguiría siendo el mismo tipo reservado de siempre.

—¡M’hijo! ¡Oyes, Juan! ¡M’hijo! Nos vemos afuera —gritó Fabi desde las gradas—. El novio quiere un cigarrito. Al fin que ya acabó el juego.

El cronómetro mostraba que quedaban dos minutos; Juan hundió la cara en las manos mientras todo el mundo volteaba a verlo. Fabi y Rubén bajaron los escalones huecos de las gradas, el ruido de los tacones de ella otra vez fuerte e insoportable. Juan dejó la cara hundida, no quería ver a sus compañeros de equipo ni a los jugadores del equipo contrario, los entrenadores o cualquier güey en la tribuna pasar su atención de él a su mamá, los ojos pegados a sus nalgas mientras ella salía del gimnasio dando pasitos cortos. Se daban palmadas en el brazo al verla pasar como si nada, todos de acuerdo en que yo sí le daba.

Juan recordaba algunos de los otros “novios” de su mamá. El gerente de un centro nocturno que le prometió a Fabi fechas para cantar con la banda del local pero nunca le cumplió. Otro que quería que ella modelara para su tienda de muebles pero acabó contratando a una exmodelo de Budweiser. El abogado que le consiguió un testamento gratis. Todos estos vatos le compraban a Fabi ropa o joyas; un pendejo le compró una camioneta, un Mazda B2600 que ella aún usaba. Y ahora era Rubén “El Rey de la Ganga” González. Juan odiaba a estos novios, reconociéndolos por lo que eran: una bola de pelagatos que querían usar y hacer mierda a su ma.

Sonó la chicharra, sobresaltando a Juan. Marcador final: 75-40. Contento de que el juego hubiera acabado al fin, Juan siguió a sus compañeros de equipo a la cancha y se unió a la fila para felicitar a los ganadores, ambos equipos saludando con una palmada en alto y murmurando “buen juego” al equipo contrario. Juan no decía nada, todo el ritual postjuego era un fraude. Que los Tigres fingieran que el juego había tenido algo de “bueno” era más humillante que la derrota en sí, más humillante para él que haber devuelto el estómago en frente del público local.

—Obvio que mi mejor juego fue en nuestra peor derrota —dijo JD, encontrando a Juan a media cancha. Cabeceó hacia el lugar donde Juan había vomitado, sonriendo como idiota. El resto del equipo de las Panteras, incluido el coach Paul, desapareció rápidamente hacia el vestidor—. Ni siquiera podré recordarlo con cariño. De lo único que todos van a hablar fue de cuando guacareaste. Lo cual estuvo cagadísimo, por cierto.

—Qué bueno que les gustó —dijo Juan—. Yo creo que comí algo echado a perder.

—O a lo mejor esos Trumputos te echaron una maldición —dijo JD—. Seguro siguen encabronados contigo por ese juego que les robaste… además de su país. Los güeros se encabronan por todas esas cosas.

—¡Ese juego lo ganamos! ¡No les robamos una chingada! ¡Además, tú ni estabas!

—Ya sé. Estoy molestando. Tranquilo. Estaba enfermo.

—Es que ya estoy harto de perder todo el tiempo.

—Es solo un juego. Ni siquiera importa.

Eso era típico de JD, no entendía lo que era importante. Juan estaba seguro de que para JD haber sido el principal anotador del equipo perdedor era una especie de victoria moral, pero Juan sabía que eso no existía. Cualquier desempeño, por muy brillante que fuera, se borraba cuando perdías. Cada derrota, cada triple doble que venía con una L de loser, acercaba a Juan un paso más a tener su propia L estampada en la frente de manera permanente. O quizás ya la tenía y por eso no venían los reclutadores. Sabían lo que Juan sabía en el fondo: que no podía hacer que su equipo fuera ganador porque él no lo era.

Por la puerta del gimnasio Juan podía ver la H2 verde neón de Rubén acaparando dos lugares al fondo del estacionamiento del CAP. Él y Fabi estaban parados detrás. Fabi estiró el cuello cuando el equipo empezó a salir de los vestidores. Rubén miraba la pantallita de su teléfono, le pasaba un dedo por encima. Fabi ya le había mandado tres mensajes de texto a Juan, diciendo que ella y Rubén lo estaban esperando. Que Rubén había tenido la amabilidad de invitarlos a cenar. La Hummer tenía televisiones amoldadas a las cabeceras de los asientos de piel, bajo el monograma El Rey, bordado con letras rosa neón. Los rines eran cromada y relucientes como espejos.

—¿Dónde te estacionaste? —Juan le preguntó a JD, jalándolo antes de que llegara a la puerta y saliera pavoneándose del vestidor; el regaderazo después del juego no había logrado enjuagarle la arrogancia de haber tirado diez puntos como tampoco le había lavado la derrota a Juan. El equipo ya le estaba preguntando a Juan si la “vomitada a media cancha” iba a ser parte de su juego habitual.

—En el estacionamiento de maestros. No quiero que me vayan a abollar el coche la clase de culeros que vienen a los juegos de básquetbol escolar. Excepto tu mamá, ella no es culera… ¿Y a todo esto, por qué vino?

—Necesito que me recojas en Los Pasteles.

—¿Para qué?

—No quiero que mi ma y su pendejo novio me vean salir. Nos quiere llevar a cenar. Ni madres.

—Pues pregúntales si puedes invitar a un amigo —JD echó las manos al aire, exasperado, pelando los ojos—. Tengo hambre.

—Mejor comemos en casa de Danny.

—¿Por eso vinieron al juego? ¿Para que él te invite a cenar? Eso me suena bastante bien.

—No sé por qué vinieron. Y no me importa.

JD negaba con la cabeza, con las manos en la cintura como un profesor decepcionado, y de pronto se detuvo, como si un pensamiento le hubiera llegado de golpe.

—¿Qué tal que quiere ser tu nuevo papi? Te podría comprar la bici verde neón con televisiones que siempre habías soñado. Podrías salir en sus anuncios pendejos y ser el Príncipe de los Pagos o alguna mamada así. Lo pueden discutir mientras cenan un flan. Ándale, vamos a comer gratis.

—¿Por qué soy tu amigo?

—Porque el primer día de kínder no parabas de llorar y yo fui el único niño que se quiso sentar junto a ti. Bien que te acuerdas.

—Sí, soy un llorón —le dio a JD un codazo en la panza—. Ahora anda a decirle a mi ma que ya me fui, no seas cabrón.

—Bueno, pero primero voy a necesitar un abrazo. Por lo malo que has sido conmigo.

—No te voy a abrazar.

—Claro que sí. Para poder superar tu ojetez. Los hijos únicos como tú no tienen buen trato social —JD esperaba parado con los brazos abiertos. Al no tener hermanos y sólo primos que estaba seguro que en realidad no eran sus primos, Juan contaba a JD como una de las pocas personas del planeta que podía decir que quería. Le dio un abrazo a su hermano del alma, cada uno palmeando al otro en la espalda antes de que JD sorprendiera a Juan apretándolo fuerte—. Estoy orgulloso de tu honestidad emocional, cabrón.

Juan sintió un gran alivio cuando vio a Fabi y Rubén finalmente treparse a la Hummer y alejarse a toda velocidad después de una breve conversación con JD, rechinando llantas y dejando atrás el olor a hule quemado de Rubén atravesando el estacionamiento vacío. El teléfono de Juan vibró. Fabi. No contestó. Cuando estaba seguro de que Fabi y Rubén se habían alejado lo suficiente, salió hacia la parte de atrás del Estadio McKee y de la escuela. Con un mango de escoba que encontró tirado se fue raspando la cerca de malla que rodeaba el perímetro, imaginando el pleito que estarían teniendo Fabi y Rubén. Ella disculpándose por el cabrón de su hijo mientras él exageraba la importancia del plantón de Juan, haciendo lo posible por ponerla en desventaja.

El viento hacía volar basura contra la cerca, atrapando en la parte de abajo bolsas de plástico del supermercado que se sumaban a la maraña de pequeñas plantas rodadoras y envoltorios de dulces. Antes de ver a Fabi en el juego, Juan había planeado saltarse la fiesta en casa de Danny. Inventar algún pretexto para irse a su casa, a ver videos viejos de lo mejor de Jordan en YouTube. No estaba de humor para fiestas, pero esos planes se habían ido al carajo. Fabi lo iba a estar buscando y la fiesta en la casa nueva de Danny, allá hasta el Lado Este, sería un buen lugar a donde escapar.

Los Pasteles de Sonny —la pequeña panadería en la calle Stevens donde vendían papas fritas con queso, tortas, conchas y cigarros sueltos— estaba cerrada. Maldita sea. Juan dejó las manos metidas en los bolsillos en lo que esperaba a JD. Ahora se arrepentía de haber dejado su sudadera de la EPA echa bolas en su casillero. De no tener una chamarra. Alguien, que probablemente tenía suéter y chamarra, había prendido un asador. El olor grasoso de la carne asada hizo que el estómago completamente vaciado de Juan le doliera.

Echando las luces altas, JD llegó a toda velocidad al estacionamiento de tres lugares de la panadería y frenó de golpe en frente de Juan, el motor de su Escort ‘88 cascabeleando al detenerse, la banda del radiador rechinando. El chasís del tres puertas originalmente había sido azul pero se había decolorado hasta quedar casi blanco —bueno, todo excepto la puerta del conductor y la defensa delantera que eran rojas, partes de deshuesadero que el jefe de JD había usado para arreglar un choque que JD había tenido cuando estaba aprendiendo a manejar—. La ventana trasera del lado del copiloto también se había reemplazado, por cinta adhesiva y cartón, después de que la rompieron para robarse la casetera —¿quién seguía oyendo casetes?— que arrancaron del tablero. JD escribió en el cartón, con plumón grueso: Un pendejo ya me robó todo. Quizá tenía la esperanza de que nadie más sintiera la necesidad de ponerse a esculcar dentro del carro y se robara lo que traía en morralla o el reguilete que le había pegado al tablero.

—Dame un cigarro —dijo JD cuando Juan entró de un salto.

—No tengo, y como verás, Los Pasteles está cerrado.

—Siempre con tus pretextos. Ten un poco de orgullo, carajo.

—Ya vámonos a casa de Danny. Él va a tener frajos. Y chelas.

—¿Y mota? —dijo JD.

—Lo más seguro —dijo Juan—. Es una fiesta.

—¿Cuánto a que no? Ahora va a Cathedral. Con los chavos fresas. Te apuesto a que se la pasan jugando con sus calculadoras y haciendo la tarea.

—¿Qué dices? Esos güeyes están mucho más dañados que cualquiera de nosotros dos. Te apuesto a que ahora Danny fuma hasta sales del baño.

—¿Tú crees? —dijo JD poniendo el coche en marcha—. ¿Será muy difícil mantener ese uniforme limpio teniendo gustos de pordiosero?

—Estoy seguro de que es un conflicto real —dijo Juan—. Y estar con los estudiantes iluminados tampoco es cualquier cosa.

—Los católicos son unos pendejos.

—En tu familia todos son ultracatólicos, ¿no?

—No, nomás mi mamá y mi hermana y mi jefe y mi hermano, mis dos abues, el tata que sigue vivo y todas mis tías. Pero nada más. No te confundas.

—¿Y tú? ¿Ya no eres católico?

—Yo perdí la fe cuando el padre Maldonado me botó por un monaguillo más niño.

—Estás bien dañado.

—Cierto —dijo JD, arrancando, una humareda blanca saliendo del escape—. Pero ya en serio, prométeme que no te la vas a pasar de jeta. Hoy no puedo lidiar con eso.

—Muy tu pedo, carnal —dijo Juan, ajustando el asiento del copiloto—. Tú eres el que se la va a pasar toda la noche alucinando a los nuevos compas del Danny.

—Nomás a los mierdas.

Los nervios que Juan había sentido desde el salto inicial se desvanecieron mientras JD manejaba, y se empezó a entusiasmar con la idea de una fiesta, de ir camino a algo que sería divertido y sin dramas, aunque fuera por una noche. Se sentía como una victoria.

Like his characters, Matt Mendez grew up in central El Paso, Texas. He received an MFA from the University of Arizona and is the author of the short story collection Twitching Heart. He lives with his wife and two daughters in Tucson, Arizona. Barely Missing Everything is his debut young adult novel. You can visit him at MattMendez.com.

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